Relatos de alumnos/as: “La vida secreta de Gualter Miti”, escrito por Fran Ester.

Siempre con frío en los pies. Da igual que pongan cortinas de aire, que pongan dos puertas, o que, sencillamente, me den más ropa de trabajo. Estar aquí parada durante ocho horas, medio sentada, medio de pie, me deja las extremidades de mi cuerpo anquilosadas y adormecidas.

El peor mes para el frío es diciembre, con la Navidad siempre dura para los trabajos de cara al público. Una más que paso de cajera, donde veo a los mismos de siempre. Diferentes caras, diferentes nombres, pero la misma rutina, las mismas costumbres, las mismas mentiras.

Están los que para cuando llega Navidad quieren perdonar y remendar sus relaciones familiares y compran y compran como si su felicidad dependiera de los dígitos de su ticket. Están también los encorvados y consumidos ancianos que, fruto de su viudedad y pensión, sólo compran comida congelada, una barra de pan y a veces una botella de vino. Están también esos señores y señoras de mediana edad que, aparte de no hablar en casa, cotorrean y cotorrean cuando pasan por caja. He visto tanto y he tenido que ver tanto que no quería…

Siempre me digo que lo quiero dejar, pero luego me digo mil excusas para no dejarlo. Dónde voy a ir yo, con mis 56 años, sin estudios, y con lo que necesitamos el dinero. Si Antonio ganara un poquito más, yo a lo mejor me animaría a buscarme otra cosa sin prisa, pero entre que estoy ya vieja y que hemos conseguido que los dos niños entren en la Universidad, ahora cualquiera se plantea lanzarse a la aventura. Y digo niños, pero Isabel ya tiene veinticuatro años y ya se ha puesto con el Máster, y Adrián tiene veintidós y mucha vida vivida, presiento.

Mientras paso y paso artículos por el código de barras, me doy cuenta de que ya estoy muy lenta. Esa chiquita mulata que entró hace tres semanas ya conoce mucho mejor este Eroski que yo y cierra dos bolsas de la compra mientras yo justo  estoy poniendo la tarjeta de puntos al primer cliente.

Cómo odio las mil promociones, las infinitas tarjetas, descuentos, 3×2, puntos que acumulas, regalos por tantos euros de compra… No me entero de nada. Menos mal que el jefe me tiene cariño por ser mayor, porque ya me han dicho tantas veces que lo hago mal que he terminado por creérmelo.  Y ya no hablemos de trabajar los domingos. Antes, aún ponían Noche de Fiesta los sábados y me quedaba dormidita con el mando en la mano y los pies en alto. Era el mejor momento de toda la semana. Cuando me despertaba me metía en la cama con Antonio y me dejaba hacer. Pero, ahora, corre que te corre que mañana vuelta a empezar. ¡Si cuando me voy los domingos no han llegado ni mis hijos de fiesta!

Y hoy lunes, lunes veintiséis. Después de la resaca de la Nochebuena y de la Navidad. ¡Dos días de medio descanso! Digo medio porque además de trabajar me he encargado, cómo no, de la dichosa cenita y de la no corta comida. Porque a todos les gusta quejarse de que hay mucha comida o de que todo está riquísimo, pero luego ayudarme, lo justo.

Lo mejor del día de ayer fue la película que echaron  después de comer y que vimos todos juntos entre siesta y siesta. La vida secreta de Gualter Miti o como leches se escriba. Ya me corrigió mi hija varias veces ayer para que lo dijera bien, pero mi pobre angelito no se da cuenta de que soy limitada. Era tan parado el chaval y tan tímido que me cuesta creer lo que hace. Se coge el maletín, se compra los primeros billetes de avión y de ahí ya no para. Y no se le ocurre hacer una previsión de la ropa que necesitaría, ni avisar a su familia de que se iba, ni mirar a ver si le quedandías de vacaciones…

Yo no podría hacer eso. Debería avisar con un mínimo de dos meses a mi encargado, mirar qué ropa y, claro, cómo me voy a ir sola. Qué pensarían de mí, que diría la gente del barrio… ¡Pero me habría gustado tanto ser como ese fotógrafo! Coger una dirección, olvidarme de lo que piensen otros y de lo que me espera, y vivir cosas por mí misma, sola y a la aventura.

En su momento no fui capaz del salirme del camino marcado. Me era muy fácil aceptar la seguridad que me ofrecía la vida a mis veintitantos. Trabajo para poder tener mi propia casita, coche y comida. Un hombre que me quería, aunque ya sabía que era algo clásico, y una familia que me empujaba a seguir por aquella senda.

Pero tengo que reconocer que Gualter Miti me ha hecho reflexionar. O puede que sólo necesitara una excusa. Esta Navidad ha sido silenciosa, más silenciosa de lo normal. Y aunque todos sabíamos la razón, ninguno quiso expresar lo que sentía. A veces las palabras son más duras que el silencio. A veces cuesta más hablar que intentar no respirar.

Isabel hacía ya meses que tenía mucha fiebre. Sudaba sin parar por la noche y nunca tenía hambre. Pero no le di mucha importancia porque ella siempre había sido menuda y frágil. Sin embargo, cuando ya nunca quería salir de casa, con lo alegre que siempre ha sido ella, nos temimos que algo podía suceder. Y yo pensé que los desamores no daban fiebre. Así que fuimos al médico y se nos cayó el mundo al suelo. Tenía leucemia aguda. Con sólo veinticuatro años, era igual de bella pero también de frágil que una muñequita de porcelana.

Las primeras semanas fueron terribles ya que aparecieron todos los miedos a perderla. A perder la alegría de la casa, la estrella polar para nuestras sonrisas. Pero Isabel siempre ha sido una luchadora. A veces cuando vuelve destrozada del tratamiento me sorprende diciéndome que no quiere que me preocupe por ella, que ya tengo bastante con lo mío y que me dedique a descansar. Y esos días juro que la amo tanto que siento que me amo de nuevo a mí misma. Ser de mi ser, algo nacido de mi vientre, que me recuerda a mi juventud, a mi energía y disposición.

Estas Navidades han sido quietas. Pero puede que fuera esa ruidosa quietud lo que necesitaba. Lo que nunca me permití cuando era tan joven como Isabel y que tanto se necesita para que lo aparente se haga visible. Algo está pasando en mi mente.  Y mientras paso códigos de barras, algo se ha anidado en mí para nunca irse. Ha encajado como si fuera una película que ya tiene sentido.

Y lo hago por mí, y lo hago por ella. Lo he decidido. En cuanto llegue a casa le voy a decir a Isabel que nos iremos a donde ella siempre decía que iría de mayor y yo siempre le miraba con juicio y le preguntaba qué se le había perdido en Madagascar. Iremos el tiempo que necesitemos ambas. Para entender qué se nos ha perdido allí. Y que los dos hombres de la casa se busquen la vida.

Estoy radiante, estoy eufórica. Ahora sí que voy más rápido que esa latina. Estoy deseando entrar por la puerta de la habitación de Isabel y que el aire fresco entre y salga para llevarnos hacia allí. Me siento joven, me siento viva. Más viva que antes de la leucemia de mi pequeña parte de mí. Más viva de lo que nunca me he sentido.

Relatos de alumnos/as: “La vida secreta de Gualter Miti”, escrito por Fran Ester.

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