Relatos de alumnos/as: “Prodigio”, escrito por Amanda García.

Me llamo Sever, tengo diez años y una hermana pequeña de nombre Ojaba. Vivimos con nuestros padres en Prodigio, un paraje que rezuma humedad y que siempre está verde, de sol a sol y de luna a luna. Apenas es un punto, pero muy célebre, en el mapa que está colgado en una de las paredes de Instrucción. En ese edificio los mayores nos enseñan a ser felices y a protegernos de los extraños.

Además de acudir todos los días a Instrucción, me gusta jugar con los animales y con mis amigos a escondernos detrás y dentro de los árboles. Hay tantos y son tan grandes y diferentes que a veces no nos encontramos. Me encanta trepar hasta lo más alto aunque sé que mis padres después me castigan.

También me gusta corretear entre las plantas y las flores. Los olores que desprenden, y sus colores, como una paleta de pintor, me hacen soñar con mundos lejanos. Aunque cuando saco de paseo a mi gusano Aguro, un regalo de mis padres en mi último cumpleaños, no puedo correr. Él camina más lento. Mi hermana Ojaba me sigue siempre porque quiere que Aguro sea su amigo, pero es mío. Ella tendrá su propia oruga dentro de tres años, cuando tenga mi edad.

En Prodigio, además, al cumplir diez años los mayores te cuentan algunos enigmas de este lugar de los que no se habla en público, pero se transmiten de generación en generación. Y te dejan estar fuera del albergue en las visitas, dos veces al mes, una con luna y otra con sol. Entre esos secretos, mi padre, con el que comparto nombre, me descubrió por qué en este lugar llueve para arriba.

Fue una tarde en la que mis padres estaban en la huerta arrancando brócolis, coliflores y tomates, un trabajo muy laborioso porque crecían bajo el suelo. Yo les ayudaba con las patatas y las zanahorias. Era más fácil ya que no tenía que meter las manos en la tierra. Entonces empezó a llover, como siempre, hacia arriba, y nos tuvimos que poner a cubierto en un bote con capota para no remojarnos.

-Creo que es el momento de que Sever conozca el secreto de la lluvia -dijo mi padre a mi madre. Ella asintió con la cabeza-

“Hace muchos años –comenzó mi padre- Prodigio se llamaba Lloró y era el lugar del mundo donde más chaparrones caían, todos los días y a todas horas. El suelo siempre estaba húmedo. Los colores que predominaban eran el verde de la selva y el azul del agua. Eran felices, no necesitaban mucho para vivir”.

-¿Por qué le cambiaron el nombre? -pregunté impaciente-

-Tranquilo, hijo. Todo a su debido tiempo -contestó mi progenitor-

Y prosiguió diciendo que “un día los gobernantes, sabiendo de la riqueza de agua de Lloró, decidieron hacer una presa. Querían que fuera la mayor que se hubiera construido hasta entonces”.

-¿Qué es una presa? -me interesé-

-Un gran depósito en el que se almacena el agua para beber o regar. Pero ellos lo querían para producir luz y ganar dinero -explicó mi madre mientras me miraba fijamente con los ojos muy abiertos-

-Entonces, el suelo se secaría ¿no? -exclamé un poco enfadado-

-Sí, hijo. Así ocurrió. Talaron todos los árboles y poco a poco dejaron a los habitantes casi sin agua. Pero no dejó de llover y cada vez más y con más fuerza. Era como si el cielo se hubiera enfadado.  Y ocurrió una gran desgracia -añadió mi madre con tristeza-

Entonces, mi padre recordó que “una vez terminado el embalse, a unos kilómetros de Lloró, vinieron muchas personas importantes para inaugurarlo. Los trabajadores de la presa se quedaron a vivir cerca de ella y todas las promesas que habían hecho de grandes riquezas nunca llegaron”.

“La presa se fue cubriendo. Nunca paraba de llenarse. Hasta que un día el agua rebosó y empezó a salir por todos los lados y a empujar de manera violenta la construcción”, relató apesadumbrado.

Y, con una mirada húmeda, mi padre rememoró: “murieron muchos hombres, mujeres y niños. Familias enteras que vivían al lado. Lloró no sufrió ninguna pérdida, ni humana ni material. El suelo volvió a recuperar su humedad y los árboles y la vegetación crecieron muy deprisa. Desde entonces se llama Prodigio”.

-¡Papá! No me has contado todavía por qué llueve para arriba -protesté-

Mi padre evocó con gran orgullo cómo los sabios del lugar decidieron protegerse de nuevas intrusiones. “Tardaron muchos años en diseñar y construir el mundo en el que vivimos ahora. Todos los habitantes dedicaron su vida a ello. Se pasaban el día imaginando y fantaseando con algo único y que mantuviera a salvo sus familias en el futuro”, agregó.

-¿El abuelo Sever fue uno de esos sabios? -pregunté-

-Sí. Y también el bisabuelo y el tatarabuelo y sus antecesores. No hacían otra cosa que dormir, comer y pensar. Gracias a ellos ahora tenemos una naturaleza tan rica en especies -afirmó sonriendo-

Mi padre prosiguió: “construyeron una estructura, alrededor de Prodigio, que generaba fuertes corrientes de aires verticales que impulsaban el agua hacia arriba. Los árboles recogían ese líquido que, poco a poco, devolvían al suelo. Ya no les podrían quitar su riqueza”.

-Papá, es ahí donde trabajas ¿verdad? Pero ¿por qué llueve cuando no nos apetece? Como hoy que estábamos recogiendo verduras -interrogué-

-Todavía no sabemos cómo controlar la lluvia. Tú, tu hermana, tus amigos, estáis recibiendo clases en Instrucción para que podáis averiguarlo -agregó él-

Entonces me reveló otro secreto, que no debo repetir a nadie, ni a mi hermana todavía. El truco que utilizan con los turistas que pueden visitar Prodigio dos veces al mes, una con sol y otra con luna,  para que en esa ocasión el agua fluya hacia arriba. Unas visitas en la que ya puedo participar y que dejan muchos ingresos.

“A los curiosos que nos visitan –me contó mi padre-  les enseñamos los árboles que llegan hasta el infinito, los huertos que crecen al revés, los campos inundados de plantas y flores de todos los colores, las viviendas casi sumergidas en la tierra húmeda y los lugares donde aprendemos y nos divertimos”.

Para finalizar el recorrido “les llevamos a una zona de la estructura que permanece oculta a sus ojos, la ponemos en funcionamiento y ellos, asombrados, observan cómo al vaciar el contenido de su botella, el agua se eleva y a veces les moja la cara”.

Será un secreto que contaré a mis hijos para que ellos lo confíen a los suyos y se transmita a las siguientes generaciones. Prodigio vivirá a salvo de los gobernantes ansiosos de poder y continuará siendo un paraje siempre húmedo y verde.

Relatos de alumnos/as: “Prodigio”, escrito por Amanda García.

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