Relatos de alumnos/as: «Declaración de guerra», escrito por Ana Vivancos.

Si por mí fuera ya habría derribado los puentes con mis bazucas. Ya habría lanzado mis bombarderos para derribar las paredes que cubren el vacío de la existencia. Y habría, incluso, usado napalm, que es ya el no va más en la guerra, para derretir las escaleras que suben a los sueños.

Pero no lo he hecho. Solo he gritado a los vientos un absurdo «¡Basta ya!» que no han oído ni en el rellano de mi escalera. Solo he lanzado dardos envenenados que, a mitad de camino, se han quedado sin fuerzas y sin llegar a su destino.

Si se pudiera hacer algo para borrar la humillación de los ojos de la gente, para ver brillar de esperanzas sus pupilas, no dudaría en coger esa pócima secreta y mágica y la usaría de por vida en la calle.

Para hacer reír a los adultos porque los niños ya ríen solos hasta que pierden la inocencia. Para que los mayores crean que los que vienen por detrás los van a cuidar hasta sus muertes. Para que los que poseen el poder de decidir por los demás despertaran un día, mudos y ciegos, sin saber qué decir a los medios de manipulación.

Tengo en casa los misiles tierra-aire preparados sin carga. En Amazon no venden alargaderas tan largas. Tengo en casa las granadas que no puedo lanzar porque en Ikea no hay stock de anillas de ese modelo urbano de bomba.  Tengo en casa una colección de soldaditos de barro sin poder darles aliento de vida; los organizo en comandos y sueño que derriban al sistema.

Sueño que mueren, agonizan, se carbonizan en la guerra que, sin lugar a dudas, de tanto visualizar en el sofá, se va a convertir en una horrible realidad.

Echo de menos soñar que tengo sueños de verdad. De los de antes. Y apago el televisor todas las noches sin encenderlo. Para no escuchar, para no irme a la cama soñando que puedo dominar el mundo con violencia. Intento que mis sueños sean reales. Visualizo cometas que se enredan en el aire, como amores que no pueden estar juntos. Sueño que es posible que se enlacen de verdad, en algún mundo paralelo donde no hay sensación de opresión ni violencia mental.

Y declaro mi particular guerra privada. Donde no tiene cabida nadie que opine como el resto. Donde no quedan huecos para desear la muerte de nadie por muy perverso que sea lo que haya hecho.

Me declaro en guerra de amor. En guerra de los cuatro vientos: el del norte, gélido, que congele los pervertidos deseos de los que fuerzan a los débiles en las oscuras calles de las ciudades muertas; el del este, suave, que lleva a los oídos que escuchan, palabras de injurias hacia los que no piensan como ellos; el del oeste, maldito, que mece los cabellos y enloquece los ojos, impregnando de olores mustios las fosas nasales de los que caminan con los ojos cerrados por sus vidas; y el del sur, húmedo, que entra en los huesos para enfermar de envidias y odio a los que, en un principio, no escuchaban a los que hacen ruido.

Guerra de amor

Y así, en calma, en paz con la vida, vuelo hacia unas metas más altas. He salido al parque y he construido un círculo de piedras robadas del río.

En su interior he colocado, con delicadeza y sencillez, mis granadas de mano sin anillas, mis misiles tierra-aire sin cables, mis soldaditos de plomo, que pesan en la mochila más que las cargas que una alcanza a acumular en el camino de la vida. También he llevado los bazucas, quizás mis armas más poderosas, para olvidarme de ellas. Están al lado de las bombas napalm.

Y les prendo fuego con una bola de periódicos del día, donde solo hablan de muerte, corrupción y política.

La nube de humo tóxico de la hoguera asciende hasta los cielos y se diluye en la atmósfera. Me siento más libre de ataduras que ayer. Quemar todas mis armas parece que funciona. Contemplo cómo todo se quema, me hipnotizo con las llamas oscilantes del fuego que deja atrás mi propia violencia humana y aspiro el olor de la mezcla explosiva para no olvidarme de no regresar a las tiendas de armas para acumular mercancía en mi casa.

Apagadas las brasas, para no incendiar el parque, regreso por el camino de piedras hacia mi destino. Me siento en paz. A partir de ahora ya no habrá pensamientos de guerra en mi cabeza. El que quiera luchar con armas que me olvide. Aquellos que crean en ensalzar a las masas para conquistarlo todo, que me borre de sus listas de amigos de bar de copas. Y todos los que coleccionen armas sin usar, como hacía yo anteayer, que me cierren sus puertas, incluso las de su mente.

Aquí dejo firmada mi declaración de guerra a las guerras. Y mi testamento queda claro, ya no tengo armas con las que luchar contra el destino. Viviré en paz conmigo misma lo que me queda de vida.

Ana Vivancos. Alumna de los Laboratorios Personalizados.

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